Cuando las buenas intenciones mutan
Y las malas intenciones se esconden detrás de buenos propósitos.
Como es arriba, es abajo
Cada vez que observo corrupción y abuso de poder en una institución, recuerdo este principio. Es conocido como la Ley de Correspondencia en las enseñanzas metafísicas, cuyo significado principal es que las mismas leyes, patrones y estructuras que rigen el vasto universo (lo de "arriba") se repiten a pequeña escala en la naturaleza, los átomos o el ser humano (lo de "abajo").
Viene a mi mente porque en pequeñas instituciones, como asociaciones civiles, vecinales y cámaras, se manifiesta muchas veces el abuso de poder de manera potente. Entonces, de igual manera sucedería en las altas esferas. Instituciones creadas para unir esfuerzos, representar, defender intereses comunes y construir proyectos terminan desviándose de sus propósitos.
El abuso de poder, la permanencia en los cargos, los manejos indebidos y las malas prácticas no solo se dan en la política o las grandes organizaciones. ¿Y si las pequeñas instituciones fueran un espejo de lo que sucede en las grandes estructuras de poder?
¿Por qué es tan fácil perder el rumbo? ¿Por qué una buena intención se transforma y hace perder el foco? ¿Por qué si se comenzó algo para ayudar, se termina trabajando para intereses personales? ¿Todas esas personas comenzaron con buenas intenciones y se fueron corrompiendo, o algunas ingresaron desde el principio buscando poder, reconocimiento o beneficios?
Por supuesto que no todos los casos son así, y gracias a Dios o al trabajo de buenas personas conozco muchas asociaciones y organizaciones que no pierden el camino. Pero lamentablemente, en mi experiencia, son las menos.
El poder no solamente corrompe a las personas, también puede revelar comportamientos que ya existían.
Pero para que esas conductas prosperen suele hacer falta un entorno que las tolere, y esa es la gran tristeza.
El ego como veneno
La necesidad de protagonismo, de controlar, de permanecer en un cargo o de imponerse puede hacer que quienes debían servir a la institución comiencen a comportarse como sus propietarios. La institución deja de ser un medio al servicio de otros y se transforma en un fin personal. La mayoría de las organizaciones nacen de una intención colectiva: personas que se reúnen para conseguir algo que individualmente no podrían lograr solos. Pero en algún momento, algunas personas comienzan a confundir la institución con ellas mismas. Dejan de sentirse responsables de conducirla y empiezan a sentirse sus dueñas. ¿En qué momento una persona deja de trabajar para una institución y empieza a utilizar la institución para sí misma?
¿Quién es responsable?
La respuesta no se agota en quienes cometen abusos. También interpela a quienes los permiten, justifican, normalizan o prefieren mirar hacia otro lado. La responsabilidad colectiva no significa que todos tengan idéntica culpa: exige preguntarse qué puede hacer cada uno desde su lugar y qué costo tiene no hacerlo.
El silencio, la tibieza y sus matices
El mal en el mundo no prevalece por los malos, sino por los buenos que miran para otro lado. La responsabilidad de combatir la corrupción en las instituciones también es nuestra.
La tibieza es algo que me molesta profundamente. Se puede ser flexible, sabemos que la vida está llena de grises, de matices, pero una cosa muy diferente es ser tibio, no tomar ningún partido, no saber de qué lado uno está parado. Yo sé que es difícil. Confrontar en soledad es agotador. Si fuéramos muchos, sería completamente diferente. Nos quejamos, nos quejamos y nos quejamos, como si la política fuera algo externo a nosotros, cuando sabemos que todo ser humano es intrínsecamente político. No hay manera de que no seamos políticos, porque la política es una forma de ser y de hacer. Si nos paramos en un lugar desde afuera, de queja y crítica, no va a cambiar nada. Esta es una invitación a recuperar la participación, el compromiso y la responsabilidad colectiva.
Debemos tener en cuenta que no todo silencio es tibieza: puede haber miedo a represalias, dependencia laboral o económica, cansancio, desilusión, falta de información o sensación de impotencia. A veces no se encuentran condiciones seguras para hablar. No es lo mismo ser prudente que ser indiferente, tener miedo que ser cómplice, reconocer matices que renunciar a los principios.
Sostener principios también tiene un costo
Defender valores y principios puede traer confrontación, aislamiento, desgaste y soledad. Quien cuestiona prácticas instaladas suele incomodar. Ese costo no vuelve inútil la intervención, pero obliga a pensar cómo sostenerla sin caer en el agotamiento o convertir cada diferencia en una batalla personal. Si quienes se involucran terminan solos y agotados, muchas veces deciden retirarse. ¿Será que las propias instituciones, cuando están capturadas por determinados intereses, desarrollan mecanismos para desalentar la participación de quienes cuestionan? En algunos espacios, participar tiene un costo deliberadamente alto. Lo sé.
¿Cuál es la salida?
Transparencia, rendición de cuentas, alternancia, participación real, acceso a información y una cultura que premie el servicio y no la permanencia en el poder. Creo que un cambio importante en las estructuras de control haría la diferencia. También sería fundamental garantizar las posibilidades concretas de denunciar irregularidades y participar sin sufrir represalias.
Si queremos transformar las grandes estructuras, deberíamos prestar atención a lo que toleramos y permitimos en nuestras organizaciones más cercanas.
La pregunta final tal vez debería ser: cuando observamos el abuso y la corrupción, ¿qué estamos dispuestos a hacer?