Frecuentemente escuchamos hablar sobre ética, pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre ella. Su origen se encuentra en el término griego êthos, que significa «carácter», «modo de ser» o «forma de vivir». Yo elijo esta última definición, porque creo que nuestra ética termina definiéndonos. No es un destino, sino un camino que se construye a través de cada decisión.
La moral, la ética y la ley son frecuentemente utilizadas como sinónimos, pero cada una de ellas se refiere a cuestiones diferentes.
La moral se relaciona con el conjunto de valores, costumbres y creencias de una persona o de una sociedad.
La ética es la reflexión crítica sobre esos valores y la búsqueda de principios que permitan orientar la conducta humana. Nos obliga a formular una pregunta más profunda: ¿Qué es lo correcto?
La ley nos dice qué está permitido y qué está prohibido.
Por eso, una acción puede ser: Legal, pero no ética, moralmente aceptada, pero éticamente cuestionable, ética, aunque resulte inconveniente para quien la realiza.
La ética intenta acercarnos a ciertos principios comunes, de honestidad, responsabilidad, justicia, respeto, verdad, lealtad y compromiso, y su verdadera dimensión aparece cuando debemos tomar decisiones difíciles.
En nuestro mundo inmobiliario, la ética se pone a prueba todos los días: cuando decidimos qué decir y qué callar, cómo relacionarnos con otros colegas y cuál es el verdadero propósito de nuestra profesión, entre otras muchas situaciones.
La libertad y sus límites.
Los corredores inmobiliarios tenemos derecho a elegir nuestra forma de trabajo. Decidir colaborar con otros colegas o no hacerlo, optar por trabajar únicamente con exclusivas o no, definir nuestra estrategia comercial y muchas más cuestiones que atienden a nuestra profesión y trabajo. Sin embargo, la libertad individual encuentra sus límites cuando las decisiones afectan a otras personas. ¿Qué sucede cuando nuestros intereses y los intereses del cliente entran en conflicto?
El cliente siempre es la prioridad, así entiendo yo el servicio. Debemos pensar en su bienestar, incluso si eso implica perder una operación, compartir honorarios o recomendarle que no compre.
Durante el ejercicio profesional comienzan a aparecer preguntas para las que no tenemos respuestas rápidas ni certezas absolutas, aunque a primera vista pareciera que todos conocemos lo correcto y lo incorrecto, la realidad nos presenta matices que nos desconciertan. Es entonces cuando la ética deja de ser una teoría y se convierte en una práctica.
Tenemos obligaciones con nuestros colegas y tenemos obligaciones con nuestros clientes, ¿Qué sucede cuando ambas obligaciones entran en conflicto? ¿Podemos ser éticos con uno y no con el otro?
Trabajo colaborativo.
Uno de los mayores debates dentro de la profesión inmobiliaria gira en torno a la relación entre colegas. Algunos consideran que la colaboración fortalece la profesión. Otros creen que la competencia es la mejor manera de proteger su trabajo, en criollo “cuidar su quintita”. Pero la cuestión ética no está relacionada con el modelo elegido, sino con las consecuencias que produce.
El debate no gira en torno a la libertad de colaborar o no colaborar. El verdadero debate es si estamos dispuestos a asumir las consecuencias que esa decisión tiene para nuestros clientes, nuestros colegas y la profesión en su conjunto.
¿Es ético impedir una operación debido a negarse a colaborar?
¿Es ético privilegiar el beneficio propio sobre el interés del cliente?
¿Es ético restringir el acceso a una oportunidad?
¿Es ético obstaculizar el trabajo de otro colega?
Las verdaderas convicciones aparecen en los momentos difíciles, cuando debemos elegir entre hacer lo correcto y hacer lo conveniente, en otras palabras, los pingos se ven en la cancha.
¿Qué sucede cuando aquellos que predican la colaboración, incluso desde sus cargos institucionales, llegado el momento no actúan de acuerdo con aquello que sostienen y ponen sus intereses por delante de los del cliente?
Transparencia. La forma de trabajo es una elección; la transparencia, no.
Los clientes tienen derecho a conocer la forma de trabajo de la persona a la que le confían uno de los momentos más importantes de su vida. Lo que nos lleva a preguntarnos.
¿La honestidad consiste en no mentir o en decir toda la verdad?
¿Es ético callar algo importante?
¿El cliente dispone de toda la información necesaria para decidir?
¿Si el cliente supiera que su corredor inmobiliario no colabora con otros, lo contrataría?
¿Si trabajas solo con tus clientes y no colaboras con tus colegas para cerrar operaciones, deberías informarle eso a tu cliente cuando te contrata?
¿El silencio termina siendo una forma de engaño?
No voy a responder estas preguntas, mi intención es que nos interpelemos para reflexionar, pero sí voy a decir que el cliente tiene el derecho, y nosotros la obligación de comunicar como trabajamos. Entonces, vale la pena preguntarnos algo más: si siento la necesidad de ocultar mi forma de trabajar, ¿será porque sé que esa decisión puede perjudicar a mi cliente?
¿Qué implica no colaborar con otros colegas para cerrar operaciones? Implica que nuestro cliente puede perder oportunidades de compra o de venta porque el corredor inmobiliario decide no compartir honorarios con sus colegas.
Todos tenemos derecho a elegir y también a cambiar. A través de los años me he equivocado muchas veces y he cambiado de parecer sobre varios temas. Eso es crecer. Quizás algo que para mí era ético hace unos años hoy ya no lo sea. Tal vez hoy con otros conocimientos y más experiencia, lo perciba de otra manera. Y ese es el quid de la cuestión: interpelarnos, cuestionar nuestras convicciones, abrirnos a la posibilidad de otras miradas.
Y tal vez, solo tal vez, podamos sorprendernos con la maravillosa sensación que produce aprender algo sobre nosotros mismos. Ese instante en el que sentimos que nos hemos vuelto un poco más sabios.
Conclusión: la ética no consiste en hacer lo que nos conviene, sino en hacer aquello que podemos defender con la tranquilidad de nuestra conciencia.
Porque, después de todo, las operaciones se olvidan, los honorarios se gastan y el mercado cambia. Lo único que realmente permanece es la diferencia que hicimos en la vida de los demás y la forma en la que decidimos ejercer nuestra profesión.
Y quizá la pregunta más importante de todas no sea:
¿Qué clase de profesional queremos ser?
Sino: ¿Cómo queremos que nos recuerden?